EL FERRETERO DESCONOCIDO

¿O no es la llave inglesa una verdadera obra de arte?

JUAN JOSÉ MILLA

La herramienta más fascinante de todas es la llamada "alicate universal". Sirve para enroscar y desenroscar, para apretar y aflojar, para cortar un alambre o pelar un cable. Parece mentira que todavía no se haya levantado un monumento a su inventor. Ya sé, ya sé que los inventores de las herramientas han sido por lo general seres anónimos, cuando no colectivos. Siempre que abro la caja de herramientas y contemplo toda esa riqueza instrumental, me pregunto por qué no hay ninguna estatua al inventor del destornillador o de la sierra de pelo. ¿A quién se le ocurrió, por cierto, lo de la sierra de pelo, que a mí lo mismo me sirve para un roto que para un descosido? ¿Y la llave inglesa? ¿Quién fue el individuo que se durmió pensando un día en ese artefacto dotado de una ruedecilla que abre o cierra, en función del tamaño de la tuerca, las fauces aceradas? Si el descubridor de la llave inglesa no pasara a la historia del utillaje (en el caso de que exista esa historia) debería pasar sin duda a la de la escultura. ¿O no es la llave inglesa una verdadera obra de arte?
Pero yo comprendo que quizá los inventores de todos esos instrumentos que nos arreglan la vida sean anónimos, como el soldado desconocido, al que todavía no sabemos qué debemos, pero del que hay en todas partes una tumba simbólica con una llama ardiendo a costa del erario público. ¿Por qué, pues, no levantar un monumento al inventor anónimo de la llave inglesa o del destornillador de estrella? Muchos dirán que para dar con el destornillador de estrella tuvo que haber antes el tornillo de cabeza estrellada, o que la llave inglesa no habría podido aparecer sin la tuerca hexagonal. Pero ésa es una discusión inútil, como la del huevo y la gallina. Yo levantaría un monumento a la gallina y otro al huevo. O mejor dicho, no levantaría un monumento a ninguno, pues tanto el huevo como la gallina me parecen dos simplezas dignas de alguien con un sentido del humor más bien extraño. Pero si aceptamos que haya piras funerarias dedicadas a generales de nombres impronunciables que ganaron batallas que ni nos iban ni nos venían, ¿por qué no homenajear a aquellos seres desconocidos gracias a los cuales nuestra caja de herramientas está llena de un utillaje tan perfecto que de hecho utilizamos a manera de prótesis?
Personalmente, detesto el bricolaje, pero adoro las herramientas. En mi casa, sobre la chimenea, en lugar de una reproducción de Matisse, tengo un martillo de verdad. Y una manguera en el interior de una urna, con la orden de que se rompa en caso de incendio. Y constituye una obra de arte, aunque de carácter anónimo. Los ricos todavía van a las subastas y se gastan cantidades increíbles en cuadros con firma. No los comprendo. Yo, si alguna vez tengo dinero me compraré una ferretería a la que llamaré Thyssen Bornemisza, para dar el pego.

ARTICUENTO

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